Es cuando hasta la que era tu canción preferida suena a grito de dolor. Apagas la radio. No puedes evitar que una lágrima recorra tu cara. Está en todas partes. Intentas esquivar su imagen y no puedes. En un libro, en una canción, en una calle, en un olor… En todas y cada una de las esquinas que recorres. No hay remedio. Buscas algo que te ayude a curar la herida, pero al parecer no hay betadine suficiente en el mundo para lograrlo. Te quedas inmóvil. Terminas acostumbrándote al dolor y termina pareciendo inexistente, pero siempre vuelve a sonar la canción. Vuelves a llorar.
viernes, 18 de febrero de 2011
18.2
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